junio 23, 2017

Por qué odio el Reggaeton



Escuché por primera vez el nombre de este estilo en Chile el año 2005, aunque probablemente desde mucho antes merodeaba por Latinoamérica y el resto del planeta. El primer contacto con él fue con 19 años recién cumplidos, en un kiosko mientras compraba un helado y agradecí que -probablemente- se trataba solamente de otra basura temporal como el Axe, el cual se había encargado de perturbar mi orgullosamente dark adolescencia. Pero me equivoqué, ya que incluso en Alemania, donde vivo actualmente y donde seguramente muy pocos entendemos el texto de las canciones, suena con bastante frecuencia. Antes de continuar, quisiera aclarar que dejo fuera de este texto a los músicos de Calle Trece, pues me parece no calzan dentro de la categoría a describir. Si bien no soy fan de su propuesta, me parece respetuosa y hecha con cariño.

Para los 19 años, con la creencia de haber crecido, intentaba ser más abierta musicalmente y comencé a escuchar -y vaya, ¡también  a disfrutar!- el rock progresivo por muy hippie o folk que pudiera sonar.  King Crimson, Magma, Genesis, entre otros maestros que me siguen entregando tanta felicidad; lo cual considerando mi antecedente dark, era bastante novedoso y hasta traidor. Aprendí a admirar la música de mi país y comencé a incluir a bandas como Congreso o Los Jaivas dentro de mis listas de favoritos, compartiendo sitio en la biblioteca de mp3 con Opeth, Bauhaus o Joy Divison. La ventana musical se había abierto por fin. Me parecía todo tan tremendo, tan variado y fabuloso, y sin embargo, no había manera que el Reggaeton compartiera lugar con el resto.

Mis actuales preferencias musicales, a mis 31 años y con un cambio de continente a cuestas, son el resultado de muchos años de genuino interés por disfrutarla. Me es muy difícil decidir por un tipo de música, pues también disfruto del pop, la música electrónica, la música oriental que hoy en día puede encontrarse fusionada con gótico, electro o hip hop -claro, olvidé decir que comencé a bailar danza del vientre hace diez años-, además del rock desde fines de los 60 hasta el día de hoy (y vaya qué amplio es esto), también lo que muchos llaman indie, y por supuesto el dark que siempre contará con un lugar privilegiado en mi corazón.

Ya habiendo expuesto mi historial de preferencias, les diré por qué, hoy en día, el Reggaeton es un fenómeno que cuenta con todo mi desprecio:

1. Reduce al latinoamericano a un estereotipo.
Si bien es cierto los grupos humanos, debido a su historia compartida y actuales condiciones de existencia, pueden compartir un modo de pensar y ser, atribuir a un pueblo entero ese carácter caliente cargado de pulsiones sexuales cada cinco segundos, no es más que una caricatura del latino que oscurece la diversidad. Y si esta etiqueta asignada con antelación tiene como excusa única el origen de una persona, impulsa -dado a su alta difusión- a que en el resto del mundo se nos interprete bajo esa idea irreal y ridícula. Pues yo soy latina y no me representa en lo más mínimo. 

2. Es profundamente machista.
Asumo que a partir de este texto estoy expresando mi desprecio al Reggaeton, y desde esta posición odiosa no tengo tal vez  moral de protestar en contra del trato humillante que demuestran los textos de estas canciones hacia las mujeres. Odio porque me odian. ¡Pero vamos!, no podemos comparar el impacto de este blog con un promedio de cero comentarios al éxito de Reggaeton. Finalmente, considero que es la respuesta más sincera que puedo tener hacia él, pues bastante extraño sería mostrarme simpática frente a un agresor.

3. "¡Ay, pero qué pesada eres!, es sólo para bailar..."
El español es mi lengua nativa y no tengo la capacidad de apagar mi comprensión auditiva mientras bailo. Cuando digo que odio el Reggaeton y que evito los clubes donde lo tocan, inmediatamente para algunos sujetos me transformo en una amargada o en una intelectual pesada que no sabe moverse. Error, pues bailo por lo menos 5 horas por semana. A pesar de tener una profesión bastante mental (soy antropóloga y actualmente escribo mi tesis de doctorado en historia), bailo y enseño a bailar con pura pasión. Literalmente, pues me cuesta todavía hacer una clase en alemán. Me encanta que más mujeres descubran el placer de sentir como cada músculo cobra vida, cómo podemos volvernos livianas, jugar y moldear el espacio con nuestro movimiento. ¿Reggaeton para bailar? ¡No, gracias!

4. No me parece un ritmo amable.
Dado que no soy músico me cuesta describir este punto, pero desde mi relación con la música, entiendo que ésta puede contener e incitar a diversos estados anímicos. Normalmente los ritmos excesivamente felices no me parecen muy atractivos (y eso es absolutamente personal), pero de todos modos he aprendido a disfrutarlos de vez en cuando. El Reggaeton se presenta a sí mismo como música para bailar, para pasarla bien y relajarse, pero mi recepción me dice lo contrario. Me parece un ritmo bastante enérgico, repetitivo y con voces fuertes que, lejos de hacerme sonreír, me producen malestar. Y no es que odie los ritmos fuertes. Me encanta el metal.

5. Perjudica el desarrollo de la música latinoamericana.
Lamentablemente en este lado del planeta, el Reggaeton es el producto latinoamericano más difundido y, por lo tanto asumo, el más vendido. Me entristece pensar en la cantidad de buenos músicos de mi país o de otros países de Latinoamérica que a pulso intentan producir y poner en circulación su trabajo, mientras que este estilo gana audiencias a una velocidad vertiginosa y se llena los bolsillos de dinero. 

 Disculpen, pero no soy yo la odiosa. Es el Reggaeton el que me desprecia como mujer y latina.

* Foto: Gráffica.