diciembre 29, 2015

Ay

Antes de dejar de escribir con una frecuencia respetable, escribía realmente bastante. Nunca muy bien, pero me entrenaba con perseverancia. Antes de escribir poesía, escribí tres libros (lo suficiente gruesos en realidad) que yo llamaba novelas y que jamás publiqué ni siquiera por partes. Anoche leí el tercero. Sea malo o inocente, disfruté tanto conversando con la Daniela de 17 años, y sentí muchas ganas de (corregir) y apoyarla desde el futuro. Se siente tan extraño todo esto, pero, de algún modo u otro, sabía que sucedería tarde o temprano.

Esto es por ti, cabra chica.


diciembre 12, 2015

Juanemareando

Nuevamente la admiración hacia Juan Emar se toma mi día. Siento que escribe para bichos como yo, que me entiende y sabe que nunca diré nada en su contra. Lo recibo, lo leo pacientemente (y en realidad no me caracterizo por leer rápido) y disfruto como cuando recién lo conocía. Hasta creo que habríamos sido buenos amigos, si es que la categoría de amiga existía para estos divos de la escritura de vanguardia...  Acabo de terminar "Amor", escrito entre 1923 y 1925, y quisiera compartir esta descripción sobre su grupo de pares que me pareció genial:

"Así, pues, los nuevos no sabían que una de las causas de sus gustos era debida a una reacción natural en contra de la cosa pesante, abrumadora y monótona de la generación anterior. No lo sabían, pero procedían, al dar expansión a sus gustos, como si tuviesen plena conciencia de ello.

Esta nueva generación era esencialmente individualista. Cada cual había alzado su "yo" a la altura de un altar, de un ídolo, de un santuario. Por encima de todos los ideales colectivos, querían el desarrollo personal completo. Por encima de todo anhelo de redención humana, proclamaban los derechos sin barreras del hombre de talento. Odiaban la sociedad, la odiaban con retórica y teatralmente, es cierto, mas la odiaban. Pero no como los viejos que justificaban su odio por las injusticias de que se hacía responsable, sino que por ver en ella un cúmulo absurdo de prejuicios. Los prejuicios del burgués era la pesadilla de los nuevos, así como la falta de amor y de compasión de los mismos, era la pesadilla de los viejos. Aquellos, pues, creían un deber lanzarse a quebrar prejuicios, de cualquier manera que fuese, con tal que se quebrasen. Estos, basados en un amor tan amplio que daba cabida desde el anarquista hasta al sensible romántico, pensaban que era mejor no quebrar nada que ya, ante la belleza, todos llegarían a comprender y se harían buenos. Era en el fondo este laudable amor el que les hacía reunirse y organizar fiestas infantiles, pues los niños son el símbolo de todo amor. En cambio los nuevos no se reunían ni con periodicidad ni con programas hechos de antemano, sino con cierta brusquedad e improvisación que hacía pensar en reuniones de extraños bandoleros. Por romper prejuicios escogían sitios tenebrosos, en los arrabales. Amaban los chincheles y lupanares, no por ellos mismos como los ama un corrompido, sino como un acto de fe, como un juramento a la causa. Los viejos tomaban café con leche en invierno y helados en verano, pues sus temperamentos no exigían excitantes de ninguna especie y cuando llegaban a emborracharse -lo que ocurría muy de tarde en tarde-, exageraban sus ingenuos ritos, redoblaban sus buenas bromas y al día siguiente reían de buen corazón al haber comprobado que como artistas que eran, guardaban libertad y alegría a pesar de los años. En cambio los nuevos recurrían a los refrescos sólo para contrastar la imbecilidad y mediocridad de los que tal hacían, y hacían del alcohol su alimento espiritual, pues el alcohol , aun si es ordinario vino litreado, exalta la personalidad y pone a quien bebe por encima de las leyes de los hombres. Cuanto a los autores rusos, los nuevos como los viejos, les rendían incondicional admiración, pero así como estos veían en sus obras anhelo de redención, aquellos consideraban solo la exaltación del ser hasta el extremo límite. 

De más está decir que el ideal de los nuevos daba acogida también a todos los temperamentos. Entre ellos había el batallador, el hombre platónico de vida. Este hombre, o dedicaba su existencia a recoger el mayor número de sensaciones posibles o, para negar hasta el prejuicio de la vida, proclamaba las bondades del suicidio. Entre los buscadores de sensaciones había los rudos para los cuales no había nada más intenso que abofetear a algún burgués a avanzadas horas de la noche; había los atormentados que cultivaban con esmero agudas neurastenias y mostraban en los locos a los hombres libres; había los exquisitos que se libertaban de las burguesas cadenas afinando sutiles sensaciones con ayuda de la cocaína y la morfina y aun con las misas negras; había, por fin, los trágicos, aquellos que se situaban más allá del bien y el mal, que maldecían lo instituido y confesaban sus amores pecaminosos con sus hermanas. Y todos, cansándose tal vez de buscar y mantener tan complicadas cosas, fraternizaban de pronto en orgías alcohólicas que daban amplia satisfacción a sus naturalezas físicamente exuberantes." (2014: 130-132)

Me recuerda al texto "espíritu nuevo" y "espíritu viejo" de las Notas de Arte en el diario La Nación que, por cierto, es contemporáneo a "Amor". Era un tema que le importaba mucho, de seguro...