julio 22, 2015

Sueños II

Anoche tuve un sueño tan ridículo, que considero digno de registrar:


Era un futuro bien extraño, y al parecer era un sujeto con suerte: un hombre de unos 40 años aprox., contextura media, altura media, un mechón rojo encima de la frente, ni un rastro de calvicie, y un aro bien grotesco colgando de mi oreja, pero a mí me encantaba esa pluma con cascabeles y mostacillas. Me despedía de mi mujer, quien modificaba su color de cabello según su estado anímico, cambiando de rojo a negro constantemente. Se veía genial... era de mi mismo porte, de cabello rizado y con una voz grave muy bella. Yo iba a camino a un restorant a encontrarme con un amigo de juventud, lo llamaba y le contaba que tenía reservada -según yo- la mejor mesa del lugar, ya que daba directamente a una ventana, pero no cualquier ventana: Como las ciudades habían colapsado, había mucha gente deambulando fuera de los restoranes, pegándose a las ventanas y clamando por comida, lo cual -para un sujeto como yo- no era triste, sino incómodo. Pero esta ventana era la mejor de todas, porque la vista daba directamente a un cementerio, y en los cementerios sólo había muertos que, por suerte, no caminaban ni pedían comida. 


Sin embargo, ya instalados en nuestra mesa, aparece un sujeto vestido de traje con una anciana obesa que se hacía pasar por hambrienta. Yo le decía a mi amigo que no les prestara atención, porque el hombre era un timador y la vieja estaba demasiado gorda como para tener hambre. Entonces el hombre decía que, si le comprábamos un trozo de una pizza que él andaba vendiendo, le daría un trozo a pobre mujer, pero yo trataba de no escucharlo. Insistente, el hombre agarraba una caña de pescar y lograba colar un trozo de pizza por una rendija de la ventana, dejándola suspendida entre mi amigo y yo. Entonces me enojaba, me enojaba mucho. Sacaba la pizza de ahí y le mostraba ambos dedos del medio, tratando que así se alejara, pero sólo la vieja se iba. El hombre decía no entender qué significaba ese gesto, así que me obligaba a ser mucho más explícito. Y algo así le dije:

"Mira, no nos interesa tu pizza... por qué no te vas mejor, te relajas, te echas un rato, pides una hora al cirujano, te sacas un par de costillas, elongas lo que más puedas y te chupai el pico vos solo viejo culiao!!!!!"

Y me desperté.
No encuentro una foto que pueda ilustrar esto...

julio 16, 2015

Vomitar es un estilo de vida

Si ud. es asquiente, por favor no lea esto.

Vengo desarrollando el arte del vómito desde que tengo memoria. Uno de mis primeros recuerdos de la vida es la nausea que sentía cada vez que me subía al auto después del desayuno. Algo de reflujo decía el doctor, que luego de tomar desayuno tenía que sentarme adelante en el auto y no dar vuelta la mirada (y menos el cuello). A veces ni siquiera alcanzaba a salir de casa y me pegaba unos vómitos explosivos en el baño. Era cotidiano.

Cuando entré a Kinder todos temieron por mi pobre estómago, así que tomaron la sabia decisión de no darme desayuno hasta las 10 de la mañana que tenía recreo. Pero, para no fallecer, "desayunaba" un loli choc, jurando que la franja blanca que traía al medio era leche de verdad. La ilusión me alimentó durante varios años, hasta que, más o menos a los 8, ya era capaz de tomar leche y comerme unas tostadas a las 7 de la mañana sin vomitarlas. Me sentía toda una ganadora. 

Pero en los viajes de los fines de semana se repetía la historia. Como ninguno de mis padres era oriundo de Santiago, solíamos ir a Litueche o a Victoria en los feriados, poniendo a prueba mi resistencia una y otra vez. Varias veces tuvimos que detenernos para rociar la berma con mis más elegantes ofrendas, cargadas de chocolate, tallarines y choclo, alimentos que siguen encabezando mis preferencias. Era una fábrica de ácidos. Justamente en una de esas visitas a Litueche recuerdo uno de los episodios más terroríficos de mi salud: Tenía 13 años. Me quedé donde unos tíos que comían tanto, que por tratar de ser una buena niña, terminé explotando literalmente, desmayada en el hospital y viendo arañas gigantes trepar por las paredes. 

De más grande tuve la sensación de haberme fortalecido pero, conforme avanzaban los años, más sustancias -alimenticias o no- llegarían a parar a mi estómago. La primera vez que probé los chicharrones fue en Frutillar, tenía 20 años, y me gustaron tanto que me volví un cerdo sin límites, pero en la noche, tal vez en un intento desesperado de recuperar mi humanidad, mi cuerpo me obligó a vomitarlo todo. Todo... fue violento. Después de ese episodio, no comí chicharrones hasta por lo menos 5 años después, pero claro, con mucho respeto...

Y con el alcohol es otro rollo. No enumeraré situaciones, pero debo admitir que, para un estómago delicado como el mío, tengo una marca decente que no supera la decena. Debe ser por esa misma razón que no suelo emborracharme tan terriblemente, porque antes de curarme ya me duele la guata y, normalmente, el sensor del asco funciona de maravillas. Lamentablemente no fue el caso de anoche. Estaba súper entretenida con mi flaco, escuchando música, riéndonos, comiendo cositas ricas y bajándonos un pisco sour. De un momento a otro, todo lo que había sobre la mesa me pareció repulsivo y tuve que deshacerme de todo lo que había entrado en mi organismo.

Es extraño, porque al otro día, o sea hoy, no pude tragar un pocillo de sopa de pollo, pero sí fui capaz de comerme una Negrita y un vaso de jugo en polvo del más malo de la vida. Luego de llenar mi estómago de amarillo crepúsculo, agarré fuerza y pude comer arroz, verduras, etc... No sé con qué lógica funciona todo esto, pero me parece absolutamente ridículo. Es como el loli choc: es comida, pero no alimenta, es rico, pero no hace bien. ¿Se masca, se traga, pero no se vomita?