mayo 27, 2015

Reivindicación de las viejas

La batalla contra las viejas en el espacio público nos tiene debilitados. Tiempo atrás, cuando era una persona que inspiraba ternura y amor, pensaba que las señoras poseían un derecho sagrado sobre los asientos de las micros, las bancas de los paraderos o las sombras de los árboles. Hasta que me convertí en una señora y, con gran desencanto, me dí cuenta que para esa especie de viejas, yo seguía siendo una aborrecible jovencita. A pesar de caminar con tacos, maquillada y con un anillo en mi anular izquierdo... no bastaba. Es decir, lo único que realmente valen son las canas, los surcos, los kilos de sobrepeso y la cara de odio constante hacia el mundo. Sin esas características, nunca lograría la subordinación de los demás transeúntes. Nunca. Las viejas son las dueñas de la calle: atropellan, empujan, alegan, no hacen filas, las atienden primero en cualquier parte, toman asiento a pesar de andar con un bolso ínfimo y a veces, mediante un violento ritual realizado en grupos, nos demuestran su reinado ocupando todo el ancho de la vereda con un paso abrumadoramente lento. Pisemos el barro... total, somos jóvenes.

Vieja de temer

Pero quisiera contrastar esta terrible realidad con una tal vez no tan alejada, pero mucho menos odiosa: las viejas en las películas de terror. Vamos con la primera:

Minnie Castevet es la vecina de la joven pareja en Rosemary's Baby. No es solamente un vieja copuchenta y metiche que toca el timbre varias veces al día, sino que además forma parte de una secta -de viejos y viejas- que esperan la llegada del anticristo. Interviene el embarazo de la protagonista y, finalmente, consigue que Rosemary dé vida a un (no tan) bello y sano anticristo. El terror lo vivimos cada vez que la vieja toca el timbre, entra hablando a mil por hora, ofrece ayuda, cada vez que opina, le da tecitos de hierbas diabólicas a la embarazada y direcciona su vida. ¿Resulta conocido?  

 como tensa la boca cuando espera...
                         
Mrs. Baylock es la niñera de Damien en The Omen. Se nos presenta como una mujer profundamente atractiva y servicial, a pesar que, desde el primer momento, todos los espectadores desconfiamos de su presencia. De hecho, llega a la casa de la familia justo después del terrible suicidio de la antigua niñera, decidida a cuidar del pequeño y a servir en todo lo que los padres pudieran necesitar. Resulta ser una enviada del mal con la misión de resguardar la vida del pequeño anticristo (parece un tema recurrente, ¿no?) y de despejar su entorno de todos los estorbos posibles.


"Don't be afraid. I'm here to protect you"


Y por último, tenemos a la mujer de la habitación 237 en The Shining que, tras besar apasionadamente a Jack Torrance, dejó de parecer una hermosa mujer que se daba un baño de tina, para presentarnos a la vieja putrefacta que vemos en la foto. Es una escena estupenda...

ella reía mientras Jack huía despavorido.


Tal vez el ejercicio de superioridad moral de algunas es el mismo que practican las viejas en la calle, pero la representación particular de cada una de las que revisamos acá las aleja de nuestra realidad cotidiana y las convierte en íconos, en un modelo estético de maldad terroríficamente atractivo. ¿Será que en el fondo le tenemos miedo a las viejas? Cuando entre en el clan, les contaré qué se siente ser temida.




mayo 09, 2015

Sueños I

Sé que no escribo hace siglos acá, pero creo que vale la pena hacerse la lesa y volver como si nada a las pistas. Esta vez, quisiera contarles algunos sueños que he tenido en la vida y que, por diversas razones, no he olvidado:

2007: Era estudiante de tercer año de antropología. Soñé que caminaba hacia mi casa, que en ese entonces se ubicaba en la Isla Teja, en una callecita llamada Los Avellanos. Llegaba a la ampliación de la calle, en una esquina poblada por perros callejeros. El más gordo, negro y peludo de ellos, con particular atención, me ladraba hasta que lograba que lo mirara fijamente. De pronto, el rostro del perro comenzó a mostrar rasgos humanoides conocidos, bastante conocidos... ¡era Clifford Geertz! (para quienes no lo conocen, es el padre de la antropología interpretativa, mi antropólogo favorito). Entonces me quedaba escuchando al perro con admiración, pues me revelaba secretos con las palabras más hermosas del mundo (y que, por supuesto, no recuerdo). Yo le pedía disculpas por mi trabajo de teoría, y le decía que no era mi intención poner falsas palabras en su boca. Él parecía reír... Entonces de la nada aparecí acostada en mi cama mientras Geertz (esta vez, en cuerpo humano y de pie junto a la cama) me zamarreaba y gritaba: ¡No es una herejía, no es una herejía!
Y de tanto zamarreo, desperté.

 
De todas maneras se parecen.


2008: Vivía en Niebla, junto al mar. Soñé y mi visión tenía un rango espectacular, como nunca antes he podido ver. Era alta, tan alta que junto a mis pies recién aparecían las personas, que resultaron ser todos los tipos con los que me había enrollado ese año. De pronto me doy cuenta que no tengo pies y que soy una flor, una hermosa flor gigante y mi sangre se veía circular por todo mi enorme tallo. Entonces dejo de mirar hacia abajo. Río, río y río hasta despertar.

Me recuerda a Angel...


2009: Era tesista. Soñé que caminaba junto a mi amiga Amanda por un cerro, era de noche, pero no teníamos problemas para ver el camino. Yo me tropezaba a cada rato, pero ella me salvaba (jeje...) De pronto, llegábamos a nuestro destino: se llamaba "El ojo del diablo" y era una laguna que sólo algunos podían cruzar sin hundirse. Era necesario confiar. Yo iba detrás y miraba cómo ella la cruzaba sin problemas, y una vez que pisaba el agua, comenzaba a caminar sobre ésta, a reír y bailar. Entonces me atreví: y apenas pisé el agua, sentí lo mojada y a la vez maciza que era. De pronto, una fuerza o espíritu -no sé qué será, pero tenía brazos-, introduce su mano por mi boca y extrae todos mis órganos de adentro. Los veo salir uno por uno y articulo un gran flato. Parecía estar esperándolo, porque recibí con alegría ese vaciamiento. Miro hacia un lado y veo cómo Luciano (que en ese entonces no era todavía mi Luciano) juega y se ríe con ese espíritu. Sonrío y me quedo bailando con Amanda sobre el ojo del diablo. No recuerdo cómo desperté.


Algo tuvieron que ver estos locos.


Otro día les cuento sueños de otros tiempos (dosmildieseros o noventeros).