enero 26, 2015

Fundamentalismo (segundo intento)


"Soy mujer, y no tengo ningún derecho a la belleza.
Me habían condenado a la fealdad masculina."
Renee Vivien



Fundemos una gran teoría
una que fundamente nuestras elegantes opciones
una que nos permita exponer nuestro mundo privado
aquello que consideramos tan constitutivo
y que debe de alguna manera explicarse

Elaboremos una prestigiosa escuela de pensamiento
que demuestre que siempre estuvimos en lo cierto
que los demás estaban mal
que el mundo entero debió haberse dado cuenta
cuán especiales éramos
cuando articulamos nuestro primer NO.

Convirtamos esa teoría en ideología
en un punto de partida
lleguemos a extremos llamativos
sublimación de la práctica
teoría para justificar
teoría de la superioridad moral
teoría para robustecer mi orgullo
teoría de memoria y complaciente
ideologizante, apasionante y verdadera
Deber ser

Romper, desarticular, reemplazar
La razón es nuestra.
El etiquetaje comienza
El fundamento ya no nos importa
La receta está lista:

Negación
Juicios sobre juicios
Delimitadas categorías que una vez más
Hacen notar mi vulnerabilidad.
En realidad nunca me interesó la alteridad
soy lo máximo

Soy lo máximo y la teoría me apoya
soy lo máximo porque no me depilo
porque no uso tarjeta de crédito
porque vivo mi sexualidad sin tapujos
porque creo mis propios criterios de belleza
porque no me maquillo
porque no veo tele
porque todos los demás están equivocados
perdidos, alienados, maniatados sin mi
Oprimidos, cegados, todos en serie
Regulados, programados para odiarme a mí

Soy mi propia inquietud
un intrigante objeto de estudio.

Creemos nuestra propia escuela de pensamiento
fundemos movimientos, escribamos 
escribamos para que los demás vean la luz
porque claro, soy tan genial 
-que yo ya la vi-
impulsemos la revolución
arrastremos 
a esos cándidos heterosexuales
a esas pobres mujeres que se maquillan a diario
que no se dan cuenta que ser gorda es la cumbia
que la depilación es hija del patriarcado
que en el gimnasio se pierde el tiempo
que ninguna mujer sumisa merece ser admirada,
que -aunque forzado parezca-
para liberarse hay que gritar.

Porque no me vasta sentirme bien
se lo debo decir a mis 278 amigos de facebook

unas 3 veces al mes.


imagen: Marjane Satrapi, ídola.

enero 21, 2015

Odiamos muy bien a nuestros vecinos II

Hace unos meses sentíamos que los pasos alefantados de nuestros poco estimados vecinos comenzaban a volverse cada vez más brutales, como si en vez de subir sus cientos kilos de humanidad por la escalera, lo hicieran cargando pesados sacos sobre sus sudados lomos. Como reyes del cahuín y el descrédito a primera vista, debíamos conocer el contenido de esos sacos y explicar así el origen de todos los ruidos molestos que provenían de su horripilante paso por el mundo.

En principio las piezas parecían no encajar, pero luego, tras uno de esos extraños "lavados de ropa" que decidían hacer en plena noche, las ideas por fin tomaron esa forma de la más terrible y sangrienta realidad: los vecinos no sólo eran criaturas espantosas que salían a la calle desafiando cualquier sensibilidad estética, sino que además eran criminales. Así es:

Los elefantes llegaban todos los días pasada la medianoche, cargando esos pesados sacos de cadáveres humanos recientemente despachados, quejándose por el peso de sus trofeos e intentando cubrir el acto con discusiones y peleas maritales -asegurándose así que nadie querría asomarse a ver qué pasa-, hasta llegar al tercer piso. Entonces ahí ahuecaban cada cuerpo, asegurándose de rescatar los hígados, riñones, estómagos y pulmones en buen estado, para luego encender su máquina destripadora -comúnmente conocida como lavadora- y proceder a la fabricación de carne molida de consumo personal.

Como la mayoría de los huéspedes de la endeble construcción, los elefantes no perdían ninguna ocasión para alimentar la alcancía -seguramente preparando su huida-, aprovechando todo el material de su botín: los órganos eran traficados directamente con los dueños del edificio, quienes mantenían una clínica privada en una antigua casa recientemente rematada; mientras que los ojos, dientes, y cabellos rubios iba a parar directamente a los maniquíes de las tiendas más sofisticadas de la ciudad, a veces, incluso sin lavar -ya sabemos que la lavadora no se usaba en esa casa para quitar la mugre necesariamente-.

En las mañanas, cuando la gente hermosa y decente salía a trabajar, solía encontrar manchas multicolor en los escalones, además de pinches o gotas de agua que el hombre del aseo ni siquiera se empeñaba mucho en disimular. Todos eran cómplices.


Continuará...