diciembre 29, 2015

Ay

Antes de dejar de escribir con una frecuencia respetable, escribía realmente bastante. Nunca muy bien, pero me entrenaba con perseverancia. Antes de escribir poesía, escribí tres libros (lo suficiente gruesos en realidad) que yo llamaba novelas y que jamás publiqué ni siquiera por partes. Anoche leí el tercero. Sea malo o inocente, disfruté tanto conversando con la Daniela de 17 años, y sentí muchas ganas de (corregir) y apoyarla desde el futuro. Se siente tan extraño todo esto, pero, de algún modo u otro, sabía que sucedería tarde o temprano.

Esto es por ti, cabra chica.


diciembre 12, 2015

Juanemareando

Nuevamente la admiración hacia Juan Emar se toma mi día. Siento que escribe para bichos como yo, que me entiende y sabe que nunca diré nada en su contra. Lo recibo, lo leo pacientemente (y en realidad no me caracterizo por leer rápido) y disfruto como cuando recién lo conocía. Hasta creo que habríamos sido buenos amigos, si es que la categoría de amiga existía para estos divos de la escritura de vanguardia...  Acabo de terminar "Amor", escrito entre 1923 y 1925, y quisiera compartir esta descripción sobre su grupo de pares que me pareció genial:

"Así, pues, los nuevos no sabían que una de las causas de sus gustos era debida a una reacción natural en contra de la cosa pesante, abrumadora y monótona de la generación anterior. No lo sabían, pero procedían, al dar expansión a sus gustos, como si tuviesen plena conciencia de ello.

Esta nueva generación era esencialmente individualista. Cada cual había alzado su "yo" a la altura de un altar, de un ídolo, de un santuario. Por encima de todos los ideales colectivos, querían el desarrollo personal completo. Por encima de todo anhelo de redención humana, proclamaban los derechos sin barreras del hombre de talento. Odiaban la sociedad, la odiaban con retórica y teatralmente, es cierto, mas la odiaban. Pero no como los viejos que justificaban su odio por las injusticias de que se hacía responsable, sino que por ver en ella un cúmulo absurdo de prejuicios. Los prejuicios del burgués era la pesadilla de los nuevos, así como la falta de amor y de compasión de los mismos, era la pesadilla de los viejos. Aquellos, pues, creían un deber lanzarse a quebrar prejuicios, de cualquier manera que fuese, con tal que se quebrasen. Estos, basados en un amor tan amplio que daba cabida desde el anarquista hasta al sensible romántico, pensaban que era mejor no quebrar nada que ya, ante la belleza, todos llegarían a comprender y se harían buenos. Era en el fondo este laudable amor el que les hacía reunirse y organizar fiestas infantiles, pues los niños son el símbolo de todo amor. En cambio los nuevos no se reunían ni con periodicidad ni con programas hechos de antemano, sino con cierta brusquedad e improvisación que hacía pensar en reuniones de extraños bandoleros. Por romper prejuicios escogían sitios tenebrosos, en los arrabales. Amaban los chincheles y lupanares, no por ellos mismos como los ama un corrompido, sino como un acto de fe, como un juramento a la causa. Los viejos tomaban café con leche en invierno y helados en verano, pues sus temperamentos no exigían excitantes de ninguna especie y cuando llegaban a emborracharse -lo que ocurría muy de tarde en tarde-, exageraban sus ingenuos ritos, redoblaban sus buenas bromas y al día siguiente reían de buen corazón al haber comprobado que como artistas que eran, guardaban libertad y alegría a pesar de los años. En cambio los nuevos recurrían a los refrescos sólo para contrastar la imbecilidad y mediocridad de los que tal hacían, y hacían del alcohol su alimento espiritual, pues el alcohol , aun si es ordinario vino litreado, exalta la personalidad y pone a quien bebe por encima de las leyes de los hombres. Cuanto a los autores rusos, los nuevos como los viejos, les rendían incondicional admiración, pero así como estos veían en sus obras anhelo de redención, aquellos consideraban solo la exaltación del ser hasta el extremo límite. 

De más está decir que el ideal de los nuevos daba acogida también a todos los temperamentos. Entre ellos había el batallador, el hombre platónico de vida. Este hombre, o dedicaba su existencia a recoger el mayor número de sensaciones posibles o, para negar hasta el prejuicio de la vida, proclamaba las bondades del suicidio. Entre los buscadores de sensaciones había los rudos para los cuales no había nada más intenso que abofetear a algún burgués a avanzadas horas de la noche; había los atormentados que cultivaban con esmero agudas neurastenias y mostraban en los locos a los hombres libres; había los exquisitos que se libertaban de las burguesas cadenas afinando sutiles sensaciones con ayuda de la cocaína y la morfina y aun con las misas negras; había, por fin, los trágicos, aquellos que se situaban más allá del bien y el mal, que maldecían lo instituido y confesaban sus amores pecaminosos con sus hermanas. Y todos, cansándose tal vez de buscar y mantener tan complicadas cosas, fraternizaban de pronto en orgías alcohólicas que daban amplia satisfacción a sus naturalezas físicamente exuberantes." (2014: 130-132)

Me recuerda al texto "espíritu nuevo" y "espíritu viejo" de las Notas de Arte en el diario La Nación que, por cierto, es contemporáneo a "Amor". Era un tema que le importaba mucho, de seguro... 






noviembre 26, 2015

Letzter Tag

Era de noche, alrededor de las once, cuando las palabras se volvieron más claras y dejaron de esconderse tras el pesado manto de la diferencia. Fue mi último día de clases, con certificado en mano y sin saber muy bien qué significaba dicho avance como vivencia real más allá del nivel expresado como fórmula. 

Ninguno de nosotros había nacido con un segundo idioma, ninguno había tenido la oportunidad de entender otra manera de nombrar las cosas hasta ese momento. La vida nos había sucedido siempre del mismo modo, con el mismo nombre y género, con el mismo orden y núcleo, el mismo código. 

Leí la letra de esta canción, vi el video y no fui capaz de detener el llanto. Es un texto hermoso y absoluto que por fin entendí. No lloré sólo por lo que la canción dice ni por la interpretación en ballet. Entender es un momento poderoso que también me emociona.




"¿Se sabe cuántas veces un corazón puede romperse?
¿cuánto sentido tiene la ilusión?
¿Vale la pena sentir?

¿Cuántas lágrimas pasan por un canal?
¿vivimos otra vez?
¿por qué despertarse?
¿qué cura el tiempo?

Yo soy
tu séptimo sentido
tu doble fondo
tu segundo rostro.
Tú eres un inteligente pronóstico
principal esperanza
una luz en la noche
donde sea te encuentro y te amo...
"

(y sigue...)

octubre 28, 2015

La música rara


Cuando escuchar esto no era cool, sino raro y feo. De ahí viene mi especie, del basurero, de la esquina de los raritos, de los que nadie sacaba a bailar en las fiestas de antaño, de los que hacían enojar a los bonitos por el simple hecho de no idolatrar sus prácticas, de los que hacíamos bullying sin impacto real, de los que nunca aprendimos la coreografía de moda, de los que nunca nos interesó ser aceptados por la tropa de sonrientes coloridos, de nosotros, los que siempre y de corazón fuimos nerd.

Esta música es patrimonio de los que salimos vírgenes del colegio, de los que fuimos rechazados por nuestra estética tan poco canónica, de los que tuvimos espinillas hasta entrados los 20, los que parecíamos púber cuando entramos a la universidad, los que no teníamos plata para comprar ropa bonita y hacíamos de la feria nuestra boutique, de los que nos sabíamos especiales y nos encantaba, porque era nuestro derecho, porque si no íbamos a ser amados y deseados, al menos podíamos ser despreciados o temidos con propiedad.

No, no. No me vengan con que a usted, ser de adolescencia socialmente feliz, le gusta la extravagancia. Usted que siempre se sintió parte, que tenía un montón de amigos, que tuvo amoríos desde temprana edad, que nunca se sintió fuera de lugar, que nunca quiso quemar su colegio y huir de la ciudad que lo vio crecer. Me gustaría verlos en unos años más, cuando ser nerd vuelva a ser poco atractivo y cuando los raros volvamos a nuestro terreno de tranquilidad y soledad. 

Basta de simular, basta de consumir productos que antes rechazaban. Paren. Espántense de una vez, que para eso son especialistas.

No encontré ninguna foto para esto, pero creo que con esta le quitaré dramatismo a la situación. O sea, la cagá está hecha... Eso es lo que llaman hipster, ¿no? ¿Una pose que dice disfrutar de cosas extrañas, pero que en realidad no sabe ni nunca le ha interesado nada salvo sentirse cool?
La foto es de cuando cumplí 23 años. Tiempo después, mi esposo le insertó todos esos monos.



septiembre 23, 2015

Cuando era (más) joven

El año 2007 tenía 21 años, estudiaba antropología en la misma ciudad donde hoy trabajo. Me iba relativamente bien, a pesar que me distraía bastante con mi grupo de poesía, o con mis amigos los mutantes interviniendo la calle, además de uno que otro dilema atormentando mi joven e inexperto ser.

Ante todo siempre quise hacer lo que me daba la gana y, por fortuna, tenía un profesor tan, pero tan flojo que nos daba libertad absoluta para presentar nuestros productos con tal de no elaborar pautas ni preparar clases. Si me pusiera grave, pensaría que tengo un tremendo vacío en mi formación,  pero en ese momento no lo noté.

Esta era la primera diapo de uno de mis trabajos para esa asignatura en cuestión.

Entre mis postulados, cito:
• La tragedia de la humanidad parte desde que éstos bípedos se transforman en transeúntes.

• La lógica carcome el espíritu joven y deja a la humanidad sumida a la voluntad de una niña mal criada: la ciencia. 
• Arrojar a la basura el espíritu de “misionero de los subdesarrollados” del antropólogo y dejar de creerse héroes de la humanidad.
• No buscar sólo el contexto, sino que también los objetos, hechos,  o discursos descontextualizados.
• Darse el gusto de realizar estudios por placer y no sólo por utilidad.

Nunca tuve nota. Sólo sé que estuve gran parte de la hora de clases exponiendo, y que a más de alguno le debe haber dado pena, vergüenza quizás, alegría, asombro, o bien, sueño.

A mí me gusta este recuerdo.

julio 22, 2015

Sueños II

Anoche tuve un sueño tan ridículo, que considero digno de registrar:


Era un futuro bien extraño, y al parecer era un sujeto con suerte: un hombre de unos 40 años aprox., contextura media, altura media, un mechón rojo encima de la frente, ni un rastro de calvicie, y un aro bien grotesco colgando de mi oreja, pero a mí me encantaba esa pluma con cascabeles y mostacillas. Me despedía de mi mujer, quien modificaba su color de cabello según su estado anímico, cambiando de rojo a negro constantemente. Se veía genial... era de mi mismo porte, de cabello rizado y con una voz grave muy bella. Yo iba a camino a un restorant a encontrarme con un amigo de juventud, lo llamaba y le contaba que tenía reservada -según yo- la mejor mesa del lugar, ya que daba directamente a una ventana, pero no cualquier ventana: Como las ciudades habían colapsado, había mucha gente deambulando fuera de los restoranes, pegándose a las ventanas y clamando por comida, lo cual -para un sujeto como yo- no era triste, sino incómodo. Pero esta ventana era la mejor de todas, porque la vista daba directamente a un cementerio, y en los cementerios sólo había muertos que, por suerte, no caminaban ni pedían comida. 


Sin embargo, ya instalados en nuestra mesa, aparece un sujeto vestido de traje con una anciana obesa que se hacía pasar por hambrienta. Yo le decía a mi amigo que no les prestara atención, porque el hombre era un timador y la vieja estaba demasiado gorda como para tener hambre. Entonces el hombre decía que, si le comprábamos un trozo de una pizza que él andaba vendiendo, le daría un trozo a pobre mujer, pero yo trataba de no escucharlo. Insistente, el hombre agarraba una caña de pescar y lograba colar un trozo de pizza por una rendija de la ventana, dejándola suspendida entre mi amigo y yo. Entonces me enojaba, me enojaba mucho. Sacaba la pizza de ahí y le mostraba ambos dedos del medio, tratando que así se alejara, pero sólo la vieja se iba. El hombre decía no entender qué significaba ese gesto, así que me obligaba a ser mucho más explícito. Y algo así le dije:

"Mira, no nos interesa tu pizza... por qué no te vas mejor, te relajas, te echas un rato, pides una hora al cirujano, te sacas un par de costillas, elongas lo que más puedas y te chupai el pico vos solo viejo culiao!!!!!"

Y me desperté.
No encuentro una foto que pueda ilustrar esto...

julio 16, 2015

Vomitar es un estilo de vida

Si ud. es asquiente, por favor no lea esto.

Vengo desarrollando el arte del vómito desde que tengo memoria. Uno de mis primeros recuerdos de la vida es la nausea que sentía cada vez que me subía al auto después del desayuno. Algo de reflujo decía el doctor, que luego de tomar desayuno tenía que sentarme adelante en el auto y no dar vuelta la mirada (y menos el cuello). A veces ni siquiera alcanzaba a salir de casa y me pegaba unos vómitos explosivos en el baño. Era cotidiano.

Cuando entré a Kinder todos temieron por mi pobre estómago, así que tomaron la sabia decisión de no darme desayuno hasta las 10 de la mañana que tenía recreo. Pero, para no fallecer, "desayunaba" un loli choc, jurando que la franja blanca que traía al medio era leche de verdad. La ilusión me alimentó durante varios años, hasta que, más o menos a los 8, ya era capaz de tomar leche y comerme unas tostadas a las 7 de la mañana sin vomitarlas. Me sentía toda una ganadora. 

Pero en los viajes de los fines de semana se repetía la historia. Como ninguno de mis padres era oriundo de Santiago, solíamos ir a Litueche o a Victoria en los feriados, poniendo a prueba mi resistencia una y otra vez. Varias veces tuvimos que detenernos para rociar la berma con mis más elegantes ofrendas, cargadas de chocolate, tallarines y choclo, alimentos que siguen encabezando mis preferencias. Era una fábrica de ácidos. Justamente en una de esas visitas a Litueche recuerdo uno de los episodios más terroríficos de mi salud: Tenía 13 años. Me quedé donde unos tíos que comían tanto, que por tratar de ser una buena niña, terminé explotando literalmente, desmayada en el hospital y viendo arañas gigantes trepar por las paredes. 

De más grande tuve la sensación de haberme fortalecido pero, conforme avanzaban los años, más sustancias -alimenticias o no- llegarían a parar a mi estómago. La primera vez que probé los chicharrones fue en Frutillar, tenía 20 años, y me gustaron tanto que me volví un cerdo sin límites, pero en la noche, tal vez en un intento desesperado de recuperar mi humanidad, mi cuerpo me obligó a vomitarlo todo. Todo... fue violento. Después de ese episodio, no comí chicharrones hasta por lo menos 5 años después, pero claro, con mucho respeto...

Y con el alcohol es otro rollo. No enumeraré situaciones, pero debo admitir que, para un estómago delicado como el mío, tengo una marca decente que no supera la decena. Debe ser por esa misma razón que no suelo emborracharme tan terriblemente, porque antes de curarme ya me duele la guata y, normalmente, el sensor del asco funciona de maravillas. Lamentablemente no fue el caso de anoche. Estaba súper entretenida con mi flaco, escuchando música, riéndonos, comiendo cositas ricas y bajándonos un pisco sour. De un momento a otro, todo lo que había sobre la mesa me pareció repulsivo y tuve que deshacerme de todo lo que había entrado en mi organismo.

Es extraño, porque al otro día, o sea hoy, no pude tragar un pocillo de sopa de pollo, pero sí fui capaz de comerme una Negrita y un vaso de jugo en polvo del más malo de la vida. Luego de llenar mi estómago de amarillo crepúsculo, agarré fuerza y pude comer arroz, verduras, etc... No sé con qué lógica funciona todo esto, pero me parece absolutamente ridículo. Es como el loli choc: es comida, pero no alimenta, es rico, pero no hace bien. ¿Se masca, se traga, pero no se vomita?

mayo 27, 2015

Reivindicación de las viejas

La batalla contra las viejas en el espacio público nos tiene debilitados. Tiempo atrás, cuando era una persona que inspiraba ternura y amor, pensaba que las señoras poseían un derecho sagrado sobre los asientos de las micros, las bancas de los paraderos o las sombras de los árboles. Hasta que me convertí en una señora y, con gran desencanto, me dí cuenta que para esa especie de viejas, yo seguía siendo una aborrecible jovencita. A pesar de caminar con tacos, maquillada y con un anillo en mi anular izquierdo... no bastaba. Es decir, lo único que realmente valen son las canas, los surcos, los kilos de sobrepeso y la cara de odio constante hacia el mundo. Sin esas características, nunca lograría la subordinación de los demás transeúntes. Nunca. Las viejas son las dueñas de la calle: atropellan, empujan, alegan, no hacen filas, las atienden primero en cualquier parte, toman asiento a pesar de andar con un bolso ínfimo y a veces, mediante un violento ritual realizado en grupos, nos demuestran su reinado ocupando todo el ancho de la vereda con un paso abrumadoramente lento. Pisemos el barro... total, somos jóvenes.

Vieja de temer

Pero quisiera contrastar esta terrible realidad con una tal vez no tan alejada, pero mucho menos odiosa: las viejas en las películas de terror. Vamos con la primera:

Minnie Castevet es la vecina de la joven pareja en Rosemary's Baby. No es solamente un vieja copuchenta y metiche que toca el timbre varias veces al día, sino que además forma parte de una secta -de viejos y viejas- que esperan la llegada del anticristo. Interviene el embarazo de la protagonista y, finalmente, consigue que Rosemary dé vida a un (no tan) bello y sano anticristo. El terror lo vivimos cada vez que la vieja toca el timbre, entra hablando a mil por hora, ofrece ayuda, cada vez que opina, le da tecitos de hierbas diabólicas a la embarazada y direcciona su vida. ¿Resulta conocido?  

 como tensa la boca cuando espera...
                         
Mrs. Baylock es la niñera de Damien en The Omen. Se nos presenta como una mujer profundamente atractiva y servicial, a pesar que, desde el primer momento, todos los espectadores desconfiamos de su presencia. De hecho, llega a la casa de la familia justo después del terrible suicidio de la antigua niñera, decidida a cuidar del pequeño y a servir en todo lo que los padres pudieran necesitar. Resulta ser una enviada del mal con la misión de resguardar la vida del pequeño anticristo (parece un tema recurrente, ¿no?) y de despejar su entorno de todos los estorbos posibles.


"Don't be afraid. I'm here to protect you"


Y por último, tenemos a la mujer de la habitación 237 en The Shining que, tras besar apasionadamente a Jack Torrance, dejó de parecer una hermosa mujer que se daba un baño de tina, para presentarnos a la vieja putrefacta que vemos en la foto. Es una escena estupenda...

ella reía mientras Jack huía despavorido.


Tal vez el ejercicio de superioridad moral de algunas es el mismo que practican las viejas en la calle, pero la representación particular de cada una de las que revisamos acá las aleja de nuestra realidad cotidiana y las convierte en íconos, en un modelo estético de maldad terroríficamente atractivo. ¿Será que en el fondo le tenemos miedo a las viejas? Cuando entre en el clan, les contaré qué se siente ser temida.




mayo 09, 2015

Sueños I

Sé que no escribo hace siglos acá, pero creo que vale la pena hacerse la lesa y volver como si nada a las pistas. Esta vez, quisiera contarles algunos sueños que he tenido en la vida y que, por diversas razones, no he olvidado:

2007: Era estudiante de tercer año de antropología. Soñé que caminaba hacia mi casa, que en ese entonces se ubicaba en la Isla Teja, en una callecita llamada Los Avellanos. Llegaba a la ampliación de la calle, en una esquina poblada por perros callejeros. El más gordo, negro y peludo de ellos, con particular atención, me ladraba hasta que lograba que lo mirara fijamente. De pronto, el rostro del perro comenzó a mostrar rasgos humanoides conocidos, bastante conocidos... ¡era Clifford Geertz! (para quienes no lo conocen, es el padre de la antropología interpretativa, mi antropólogo favorito). Entonces me quedaba escuchando al perro con admiración, pues me revelaba secretos con las palabras más hermosas del mundo (y que, por supuesto, no recuerdo). Yo le pedía disculpas por mi trabajo de teoría, y le decía que no era mi intención poner falsas palabras en su boca. Él parecía reír... Entonces de la nada aparecí acostada en mi cama mientras Geertz (esta vez, en cuerpo humano y de pie junto a la cama) me zamarreaba y gritaba: ¡No es una herejía, no es una herejía!
Y de tanto zamarreo, desperté.

 
De todas maneras se parecen.


2008: Vivía en Niebla, junto al mar. Soñé y mi visión tenía un rango espectacular, como nunca antes he podido ver. Era alta, tan alta que junto a mis pies recién aparecían las personas, que resultaron ser todos los tipos con los que me había enrollado ese año. De pronto me doy cuenta que no tengo pies y que soy una flor, una hermosa flor gigante y mi sangre se veía circular por todo mi enorme tallo. Entonces dejo de mirar hacia abajo. Río, río y río hasta despertar.

Me recuerda a Angel...


2009: Era tesista. Soñé que caminaba junto a mi amiga Amanda por un cerro, era de noche, pero no teníamos problemas para ver el camino. Yo me tropezaba a cada rato, pero ella me salvaba (jeje...) De pronto, llegábamos a nuestro destino: se llamaba "El ojo del diablo" y era una laguna que sólo algunos podían cruzar sin hundirse. Era necesario confiar. Yo iba detrás y miraba cómo ella la cruzaba sin problemas, y una vez que pisaba el agua, comenzaba a caminar sobre ésta, a reír y bailar. Entonces me atreví: y apenas pisé el agua, sentí lo mojada y a la vez maciza que era. De pronto, una fuerza o espíritu -no sé qué será, pero tenía brazos-, introduce su mano por mi boca y extrae todos mis órganos de adentro. Los veo salir uno por uno y articulo un gran flato. Parecía estar esperándolo, porque recibí con alegría ese vaciamiento. Miro hacia un lado y veo cómo Luciano (que en ese entonces no era todavía mi Luciano) juega y se ríe con ese espíritu. Sonrío y me quedo bailando con Amanda sobre el ojo del diablo. No recuerdo cómo desperté.


Algo tuvieron que ver estos locos.


Otro día les cuento sueños de otros tiempos (dosmildieseros o noventeros).

enero 26, 2015

Fundamentalismo (segundo intento)


"Soy mujer, y no tengo ningún derecho a la belleza.
Me habían condenado a la fealdad masculina."
Renee Vivien



Fundemos una gran teoría
una que fundamente nuestras elegantes opciones
una que nos permita exponer nuestro mundo privado
aquello que consideramos tan constitutivo
y que debe de alguna manera explicarse

Elaboremos una prestigiosa escuela de pensamiento
que demuestre que siempre estuvimos en lo cierto
que los demás estaban mal
que el mundo entero debió haberse dado cuenta
cuán especiales éramos
cuando articulamos nuestro primer NO.

Convirtamos esa teoría en ideología
en un punto de partida
lleguemos a extremos llamativos
sublimación de la práctica
teoría para justificar
teoría de la superioridad moral
teoría para robustecer mi orgullo
teoría de memoria y complaciente
ideologizante, apasionante y verdadera
Deber ser

Romper, desarticular, reemplazar
La razón es nuestra.
El etiquetaje comienza
El fundamento ya no nos importa
La receta está lista:

Negación
Juicios sobre juicios
Delimitadas categorías que una vez más
Hacen notar mi vulnerabilidad.
En realidad nunca me interesó la alteridad
soy lo máximo

Soy lo máximo y la teoría me apoya
soy lo máximo porque no me depilo
porque no uso tarjeta de crédito
porque vivo mi sexualidad sin tapujos
porque creo mis propios criterios de belleza
porque no me maquillo
porque no veo tele
porque todos los demás están equivocados
perdidos, alienados, maniatados sin mi
Oprimidos, cegados, todos en serie
Regulados, programados para odiarme a mí

Soy mi propia inquietud
un intrigante objeto de estudio.

Creemos nuestra propia escuela de pensamiento
fundemos movimientos, escribamos 
escribamos para que los demás vean la luz
porque claro, soy tan genial 
-que yo ya la vi-
impulsemos la revolución
arrastremos 
a esos cándidos heterosexuales
a esas pobres mujeres que se maquillan a diario
que no se dan cuenta que ser gorda es la cumbia
que la depilación es hija del patriarcado
que en el gimnasio se pierde el tiempo
que ninguna mujer sumisa merece ser admirada,
que -aunque forzado parezca-
para liberarse hay que gritar.

Porque no me vasta sentirme bien
se lo debo decir a mis 278 amigos de facebook

unas 3 veces al mes.


imagen: Marjane Satrapi, ídola.

enero 21, 2015

Odiamos muy bien a nuestros vecinos II

Hace unos meses sentíamos que los pasos alefantados de nuestros poco estimados vecinos comenzaban a volverse cada vez más brutales, como si en vez de subir sus cientos kilos de humanidad por la escalera, lo hicieran cargando pesados sacos sobre sus sudados lomos. Como reyes del cahuín y el descrédito a primera vista, debíamos conocer el contenido de esos sacos y explicar así el origen de todos los ruidos molestos que provenían de su horripilante paso por el mundo.

En principio las piezas parecían no encajar, pero luego, tras uno de esos extraños "lavados de ropa" que decidían hacer en plena noche, las ideas por fin tomaron esa forma de la más terrible y sangrienta realidad: los vecinos no sólo eran criaturas espantosas que salían a la calle desafiando cualquier sensibilidad estética, sino que además eran criminales. Así es:

Los elefantes llegaban todos los días pasada la medianoche, cargando esos pesados sacos de cadáveres humanos recientemente despachados, quejándose por el peso de sus trofeos e intentando cubrir el acto con discusiones y peleas maritales -asegurándose así que nadie querría asomarse a ver qué pasa-, hasta llegar al tercer piso. Entonces ahí ahuecaban cada cuerpo, asegurándose de rescatar los hígados, riñones, estómagos y pulmones en buen estado, para luego encender su máquina destripadora -comúnmente conocida como lavadora- y proceder a la fabricación de carne molida de consumo personal.

Como la mayoría de los huéspedes de la endeble construcción, los elefantes no perdían ninguna ocasión para alimentar la alcancía -seguramente preparando su huida-, aprovechando todo el material de su botín: los órganos eran traficados directamente con los dueños del edificio, quienes mantenían una clínica privada en una antigua casa recientemente rematada; mientras que los ojos, dientes, y cabellos rubios iba a parar directamente a los maniquíes de las tiendas más sofisticadas de la ciudad, a veces, incluso sin lavar -ya sabemos que la lavadora no se usaba en esa casa para quitar la mugre necesariamente-.

En las mañanas, cuando la gente hermosa y decente salía a trabajar, solía encontrar manchas multicolor en los escalones, además de pinches o gotas de agua que el hombre del aseo ni siquiera se empeñaba mucho en disimular. Todos eran cómplices.


Continuará...