marzo 24, 2014

Crónicas Pajarísticas: Vivir en Aníbal Pinto 1313

Hace poco más de un mes nos convertimos en señores, y dentro de os trámites que llevamos a cabo para conseguirlo, estaba el cambio de domicilio. El registro civil anunciaba que mi domicilio se encontraba en Niebla, que era una estudiante hippie que vivía de marzo a diciembre en una cabaña, y que en el verano iba a pernoctar un tiempo a casa de madre, hasta que el calor santiaguino agobiara su corazón y le implorara por ir a acampar con algún grupo de jóvenes de dudosa procedencia. 

- No -dije- yo vivo en Anibal Pinto 1313.

La comisura de la funcionaria pública delató una sonrisa que se esforzaba por no salir a la luz. Fue inútil. Nosotros sabíamos que nuestra dirección le causaría risa, por muy seria y solemne que pareciera la situación. Luego venía el turno de mi querido novio. El mismo error. El registro registraba (guau!) la dirección de Valparaíso de mi actual esposo. Es decir, el mismo cuento: era para esa institución un alocado estudiante universitario que, debido a la inestabilidad residencial valdiviana, prefirió dar una dirección en la que siempre habrá alguien para recibir cartas, encomiendas o partes. Pero ya no éramos así. Ahora éramos unos adultos formales y respetables, tan respetables que hasta nuestra dirección causaba risa.

Nos casamos. Nos convertimos en los señores de Aníbal Pinto 1313, y por muy solemnes que suenen las palabras señor y señora, el número de nuestra casa parece no contagiarse de esa formalidad. La gente siempre se ríe de nuestra casa, a veces incluso piensan que es broma... una vez una telefonista de taxi se rió en mi cara, o sea, en mi oreja... Otra vez un taxi ni siquiera llegó, creyendo quizás que se trataba de una broma. 

Hace poco publiqué un artículo en una prestigiosa revista de ciencias sociales, el cual surgió como resultado de un arduo trabajo de investigación, una actividad por la que me siento más o menos orgullosa, pues siempre intento investigar y enseñar con el suficiente cariño por mi trabajo. Todo iba bien, hasta que me dí cuenta que mi dirección iría en el pie de página junto con mi correo electrónico. Y así fue. Temí, de verdad temí que la investigación perdiera seriedad o que incluso la verosimilitud se viera afectada, pero luego recordé -para mi tranquilidad- que los pies de página indicados en el nombre del autor, rara vez son leídos. Y si algún octogenario monumento de las ciencias sociales lo lee, probablemente no comprenderá dónde está el chiste, o incluso suene en su cabeza como "uno tres, uno tres".

Los repartidores de balones de gas son otros que gozan con nuestro número, y para qué hablar de los funcionarios de correos, los de tiendas comerciales y, por supuesto, nuestros amigos. Ellos son los que más gozan de este fenómeno trecetrecístico. Sólo espero que si algún día estoy en medio de un acalorado reclamo, no pregunten de súbito mi dirección, porque todo perdería credibilidad, y me costaría odiar a la compañía de teléfonos, pues la sonrisa nos haría cómplices y el reclamo se iría al carajo.

Creo que sólo queda pensarse como habitantes de una casa fenomenal, con la vista más voyerista de la ciudad, y con la posibilidad de bajarle el perfil a cualquier problema con sólo declarar que vivimos aquí. Si alguno no comprende por qué 1313 puede causar risa, recomiendo le pregunte a algún joven (de 30 años o menos) o busque en google "1313 msn".

Los dejo con mi ventana:




marzo 10, 2014

Inevitable



Ha sido inevitable no recordar la extraña experiencia mafileña. Dos años mutantes en los que 3 a 5 veces por semana llevaba en mente el tiempo por la cantidad de humedales que faltaba por recorrer. La vaca de macizo material disfrazada y posada en lo más alto de un poste, indicaba que sólo restaban quince minutos para bajarse del bus y comenzar la función: 

Bajar, resbalarse con el hielo pegado al pasto, pasar a comprarse un pan con cecina, saludar al perro obeso que vivía afuera de la panadería -y cuya alimentación no era un misterio-, esquivar a algún borrachín, saludar a algún taxista que se empeñaba en extraer algún rastro de humanidad de mi estado zombie, cruzar la línea del tren -resbalarse otra vez- y entrar a la casa fantasma.

Saludar a la jefa y sus chascas paradas, a la señora del aseo con su notoria vocación pelusona, y al inútil esqueleto que reposaba su trasero en una de las pocas sillas acolchadas que quedaban. Subir. Subir. Oficina número 5, un refugio hecho a pulso: afiches coloridos, un escritorio caótico, una mesita auxiliar llena de golosinas -mal llamadas desayuno-, una repisa que jamás usé bien, un hornito eléctrico y los parlantes del compu, la poderosa razón que me permitía disfrutar en parte las 8 horas.

Debía explicar cada paso que daba, cada respiro o idea que tenía la osadía de pasar por mi cabeza. Transformar todo lo que pensaba a la unidad más concreta posible, al hecho, al resultado, a la anécdota, al papel (en triplicado), a la invitación, al logo, al pendón, a la firma, al timbre, los timbres. El neardental empoderado al decir que eso no se puede hacer, que eso toma una semana, que no hay espacio en la agenda, que falta una coma, que es en la oficina de al lado, que falta una firma, que el cheque todavía no está listo, que el decreto nunca llegó, que el señor está con licencia, que el de al lado también está enfermo, que todos pueden enfermarse menos tú que eres joven, que estás a honorarios, que eres de Valdivia, que fuiste a la Universidad y que en cualquier momento te aburres y te largas. El homínido excitado, el despreciable burócrata, el frustrado, el que te detesta porque sabe que en el fondo lo último que deseas en la vida es llegar a ser como él.

Que si hubo aprendizajes, obviamente sí. Aprender a hacer bien las cosas cuando todo confabula para que las hagas mal. Aprender a saltar vallas, a detectar las personas en las que puedes confiar una responsabilidad, a reconocer amigos, a darse cuenta que no sabemos ni podemos hacerlo todo en soledad. 

Dos años en que me sentí profundamente rebelde por querer vivir mi tiempo libre libremente, por tener pasatiempos, por escuchar música mientras trabajaba, por leer antes de diseñar un material, por no querer parecer mártir, por no entregar mi vida a otros, por no querer sufrir.