enero 25, 2014

A propósito del tiempo



A pesar de considerar "Todos-los-tiempos" un titulo muy ambicioso para un simple blog, él permanece en su sitio. Pues lo es y no lo es al mismo tiempo: es una especie de consigna, una manera de recordar todos los años que tenemos y por los que transitamos. Todos los años. 

Las famosas líneas de tiempo que nos enseñan a fabricar en el colegio pueden ser un arma de doble filo, pues nos sirven para establecer hitos, reconocer etapas y cualificar cada año con un suceso, una sensación, una forma de ver las cosas, una foto, o bien, asociar cada suceso a nuestra propia edad. Sin embargo, muchas veces nos concentramos en esa figura puntual: la imagen, el acontecimiento, la definición, un fenómeno enmarcado, delimitado. 

¿Para qué creamos imágenes de los recuerdos si no es para conservar dentro de nosotros mismos una forma reconocible, replicable o incluso aprehensible del propio pasado? ¿Y si prescindiéramos de imágenes? Probablemente describiríamos hasta lograr una definición de aquello que queremos recordar y, de ese modo, comprender, hacerlo parte de nuestra experiencia. Pues al darle forma a lo informe, al describir aquello que nos parece difuso, logramos entenderlo, traerlo de vuelta al presente cuantas veces queramos, y muchas veces, controlarlo. 

Definimos, describimos y muchas veces convertimos en imagen aquello que no queremos olvidar. Establecemos hitos, etapas, años, y períodos, creyendo que así el pasado no nos será arrebatado. Ahí está el peligro. ¿Qué sucede entre cada hito?, ¿es acaso cada año independiente del anterior?, ¿soy otra cuando cumplo un año más?, ¿podemos definir una época por sí misma?, ¿Podemos acaso definir, enmarcar o delimitar el pasado?

Y si constantemente estamos olvidando el todo, si día a día hemos preferido quedarnos con el detalle, el acontecimiento en vez del todo, ¿lo comprendemos realmente?, ¿es el tiempo parte de nosotros, o simplemente se desplaza sin ser visto? Pensemos cuántos años tenemos, pero sin concentrarnos en la cifra, sino en  todas las edades que hemos tenido, todo lo que hemos recorrido, en todos los años que tenemos a la vez. La cifra podría ser estándar para muchos. El tiempo no. El tiempo transcurrido: todo el tiempo. 




enero 05, 2014

La entrada sentimentaloide

Les quiero presentar a unas personas fenomenales

Iso y Albert

A ella la conocí a los 12 años, a él a los 11, pero no fue hasta un tiempo después que fue mi amigo. Ella llegó al colegio en séptimo. Yo había llegado en kinder, y el año anterior había perdido a mis amigas, pues me consideraron diferente e inmadura. Iso se notaba también distinta a las demás. Poco nos interesaban los amoríos y lo que pudieran decir los compañeros de curso sobre nosotras. Más nos ocupaba jugar, ver películas y descubrir música. Por un año fue mi única amiga, pues a pesar que las chicas "maduras" seguían rondando mi casa, ya nunca más contaron con mi confianza. Es difícil ser juzgada desde tan pequeña. Lo mejor en ese momento fue huir.

Con Iso nos autoproclamamos brujas, leíamos sobre la historia del ocultismo y sobre fenómenos paranormales desde los 12 años. Nos encantaban las películas de terror, la música oscura, los cementerios, las iglesias, la psicofonía y la tabla ouija. Y un colegio católico brindaba muchísima entretención a los adolescentes herejes. Por otro lado, nuestra infancia se negaba a dejarnos, y dedicábamos mucho tiempo en juegos, golosinas, dibujos animados y risas. En ese tiempo ya rondaba Albert en nuestro mundo, y ya al año siguiente se nos unió con fuerza. 

Juntos los tres cantábamos desde canciones de películas Disney hasta alguna ochentera, comíamos golosinas, íbamos al taller de teatro, grabábamos creaciones propias como radio teatro en cassettes, y, por supuesto, esas creaciones debían ser de terror. Albert siempre fue diferente al resto de los compañeros. La mayoría relucía su machismo temprano, mostraba una gran brutalidad en los deportes, y gozaba de poca inteligencia. Albert no, él siempre fue sensible e inteligente. Él solía ser muchas veces nuestra conciencia, pues parecía haber pasado por muchas experiencias en su corta vida, y siempre algo tenía para decir o corregir. Era el más maduro del grupo, y como era de esperarse, nosotras éramos las niñas que nunca crecían, y que en vez de hacerle caso al chico consiente, nos burlábamos de su repentina seriedad. Peleábamos un montón, nos enojábamos y volvíamos a ser amigos al poco tiempo. Siempre fue así. Éramos tan efusivos, tan apasionados, que poco o nada guardábamos en silencio. 

Fuimos 3 desde octavo hasta segundo medio. Ahí se unieron 3 personas más al grupo. Tres jóvenes locas y felices: Meli, Rocío y Karen. Ellas también habían huido de sus antiguas amistades, y junto con ellas, llegó la rebeldía más nerd que pudiésemos haber imaginado. Cada uno tenía su estilo de música preferido, su vestimenta, sus películas y sus libros. Juntos llevábamos a cabo las fechorías más ridículas que podrían haberse imaginado en ese colegio: cambios de carteles o señaléticas, mensajes absurdos en los paneles, dibujos de profesores y de compañeros, cuya libre circulación aseguraba una carcajada masiva, muecas, imitaciones, y, la más famosa de todas: la biblia arrojada por la ventana (y que por gracia divina cayó dentro de un basurero en la calle Nataniel Cox). La euforia era poderosa. 

Una vez graduados, cada uno emprendió su vuelo. Pero no literalmente, porque con mis primeros 2 amigos de esa adolescencia mutante, no sólo sigo en contacto, sino que son aún mis mejores amigos. He conocido a gente genial en mi vida en el sur, a quienes también podría considerar amigos de verdad, pero como Iso y Albert jamás. A veces con ellos no son necesarias las palabras, porque nos conocemos y a pesar de la distancia, no hemos cesado de vivir experiencias juntos en cada viaje. Sabemos lo que pensamos, nos encontramos simpáticos y pesados a la vez, inteligentes y fundamentalistas dependiendo del tema, buenos y malvados, bellos y narigones, geniales y terribles. No hay idealizaciones, sólo 15 años de amistad. 

Ellos son: