diciembre 29, 2013

Canon




Ya había pretendido ser poeta:
Escribir por necesidad y cada vez
que el estómago recuerda que ya son las dos
y que se hace tarde para evitar el torpe y vergonzoso
concierto de tripas.

Ser esa que se entretiene con otras de su especie
bebiendo café y fumándose uno o dos
A la misma hora en que los monos comunes
hacen caso a su reloj biológico
Y engullen una cazuela

Ser esa que fundando una escuela mártir
se enamora y sufre,
ríe y sufre,
sufre y sufre
contando de manera tan elegante
las desgracias del común vivir.
Y en un intento por inundar teatros
es capaz de voltear su piel
dejando ver a cada vena chorrear
el más enervado flujo.

Ser a cada momento esa que
empeñándose en hacer de su vida un acto estético
vuelve público su trauma,
esforzándose por actuar cual objeto deseable
mientras convulsiona,
ornamenta de nobles sentimientos
una sucia y descuidada lira.

Lamentablemente, o por fortuna, no tuvo éxito.

Debía encorvar su espalda,
enredar sus pies bajo la silla,
fingir que desayunaba alcohol,
que almorzaba unas líneas y cenaba
un cóctel de pastillas.

Jamás pensar siquiera en contradecir su bello y triste discurso,
porque si no es triste, no es bello.
Si no se sufre en la empatía,
si no se muestra débil,
es una pérfida, un monstruo, o bien,
un hombre.

Vestir en el punto justo entre un fashionista y un mendigo,
asistir a todo encuentro-lectura-recital-performance,
aunque no se tengan ganas,
aunque sus mejores siestas
se las haya echado ahí.

Proveerse de una invención,
una pasión,
una fijación,
y escribir de eso hasta el cansancio.

Hasta que los lápices desaparecen,
los papeles se resisten a ser vulnerados,
la sangre deja de correr,
el sur se termina por secar,
y la lluvia no llueve tranquila.
Hasta que el desamor muere de risa,
los desiertos se inundan,
los mapuche se chilenizan,
los epígrafes acusan secuestro,
los recuerdos huyen para no ser escritos,
y la vida,
por fin,


no se nos presenta en palabras.


***

Este texto fue presentado a un concurso de poesía de la Revista Grifo. No les gustó. A nadie le gusta.

diciembre 26, 2013

Representar

Debería sernos difícil ver la vida transcurrir mediante el relato, el lenguaje. Debería ser el segundo paso que damos al expresar, pues, para conseguir que las palabras arriben y sean dichas o escritas, necesitamos de un proceso que tan sólo la lógica permite. Debería ser la imagen, la figura, la que pueble nuestra mente ante cualquier ocurrencia. Esa imagen automática, esa forma que no requiere de sintaxis para comprenderse.

¿Pero es realmente así?

 La imagen es quizás la forma originaria que tenemos de representar el mundo, de darle forma a las ideas, a los nombres, a las situaciones. Y sin embargo, nos han educado toda nuestra vida con el proceso inverso. Abstraer, conceptualizar, explicar y expresar por escrito. Nos hemos acostumbrado a vivir de palabras. 

Y a pesar de todo, no me molesta usar  el lenguaje para representar lo que por mi mente aparece. 

Hagamos algo al revés. Esta soy yo. Una imagen de mí... y por ahora no tengo rostro.



diciembre 22, 2013

Ainilebu y la Lluvia


La excavación parece terminar aquí. Sinceramente, es impensable que seres humanos hayan podido mantener un estilo de vida semejante. Sin embargo, los mitos no dejan de incomodar hasta al más incrédulo de esta tribu. Algunos dicen que es imposible, que antes de nuestra llegada a esta tierra, ningún otro ser humano podría haber mantenido un sistema de vida distinto y que para cualquier mente racional, el apoderarse de la tierra de ríos en lugar de hacerse parte de ellos, habría sido considerado un peligro y casi un suicidio para su pueblo. 

Hay quienes como yo que, desafiando a la razón, afirmamos que el mito de la ciudad industrial es cierto, y que incluso había sido un hermoso paraje bastante poblado. Dicen que se llamaba Valdivia, una ciudad aplastada bajo la tierra y que solía ser productora de harina y cerveza a niveles industriales. Imagino que muchas personas que vivían ahí, y que usaban como casas las construcciones de madera y concreto que aparecen en los relatos. Deben haber hecho caso omiso de los ríos subterráneos de Ainilebu, y seguramente intentaban emparejar el terreno con materiales planos, o con troncos de alerces torpemente instalados en las calles.

¿A quién le podría haber ocurrido llamar a Ainilebu, a esta tierra de ríos con un apellido extranjero?, ¿cómo podían entonces reconocerla si no era llamada por lo que era, por lo que estaba compuesta? Hay veces en que dudo si seguir defendiendo estas ideas o renunciar a la búsqueda de Valdivia, dudo si los cuentos algo tienen de verdad, y si realmente podré encontrar algo excavando la tierra. Si sigo porfiando en conservar y transmitir estas historias, es sólo por la profunda inquietud que el pasado me produce. Pues no es posible que toda la historia pueda contarse desde las memorias de un solo pueblo. Algún otro grupo humano debió haber existido en ese territorio tan hermoso. ¿O es que acaso ningún alma sintió deseos de quedarse aquí para siempre?

Fue ahí cuando decidí buscar más allá de la tierra. Encontré ayuda entre los hombres y mujeres del agua, que es como llamamos a los habitantes de las costas y riveras. Ellos aceptaron mi propuesta, pues también conocían las historias de la antigua ciudad escondida, y antes de renunciar a los mitos, preferían ir a su encuentro. Me hicieron ver que de nada serviría excavar la poca tierra que sobresalía de los ríos, pues la mayor parte del territorio era acuática. Yo, como estaba dispuesto a hacer lo imposible, fui con ellos. Nos alistamos y, con la ávida esperanza de encontrar rastros de la historia perdida, nos sumergimos en lo más profundo de los ríos.

Estuvimos mucho tiempo, días, meses, sino años concentrados en la misión. Pensábamos que habíamos recorrido toda el agua que era posible nadar, hasta que por fin apareció frente a nosotros esa prueba que tanto esperábamos: ahí estaba Valdivia. Era un sendero de tierra firme cubierto de adoquines y algas, y no eran humanos sino peces quienes transitaban por las calles. Viejos bancos de madera desarmados, trozos de alerces, tejas, herramientas de metal y restos de grandes maquinarias flotando junto a los transeúntes. Era como visitar un museo que nos estuvo esperando toda la vida.

Sobresalía una línea de metal de la tierra, larga, muy larga, por la cual –según los cuentos- corría el gran ferrocarril que transportaba las almas hacia la prosperidad, hacia una ciudad cautivante y lluviosa. Ahí estaban los pilares de aquellas construcciones que tanto aparecían en las historias: las casas de madera y concreto, los espacios donde habitaban los antiguos humanos de la ciudad hundida. Hasta parecían verse apoyados en el umbral, otro meciéndose en su silla, esperando mirar a la gente y los automóviles desfilar, o ver si es que acaso después del aguacero, al sol se le había ocurrido venir a saludar. Ahí habrían nacido, celebrado sus costumbres, sus saberes. Ahí habrían amado, crecido, hasta que el gran temblor y los ríos desbordados se apoderaran del escenario. 

Luego de este hallazgo, decidimos reunir a los demás habitantes del ainil para contarles todo lo que habíamos visto. Todas las historias que se contaban de la ciudad hundida eran ciertas, y ciertamente no estaba bajo tierra, sino bajo el agua. Estuvimos sentados largo tiempo en torno a un fogón, mientras les contaba todo esto:

Hace muchísimos años, existieron humanos que no eran sólo indígenas, sino que habían mezclado su sangre y su vida con personas de lejanas tierras. No eran muy distintos a nosotros: ansiaban ser felices y convivir con los demás, pero tenían una memoria muy frágil. Esos humanos decían que nuestras historias eran mitos, que la serpiente de agua KaiKai Vilú no emergería de las aguas, sino que era parte nuestra imaginación. Así como algunos de nosotros el día de hoy negábamos su existencia, ellos habían olvidado la nuestra. 

Esos humanos construyeron una gran ciudad sobre los ríos, y la llamaron Valdivia, recordando a un extranjero que alguna vez llegó ahí y que impulsó un cambio sustancial de vida en el que ya no eran parte del mundo, sino dueños del territorio. Fue ahí cuando dejaron atrás el verdadero nombre de esta tierra, Ainilebu, y poco a poco fueron olvidando su significado, hasta olvidar por completo que todo esto estaba hecho de agua, de ríos, de ainil. Ainilebu no era tan solo su nombre, era su naturaleza, era el material con el que estaba hecho este fragmento de tierra.

Ciertamente, era un lugar hermoso en el que muchos decidieron quedarse a pasar su vida hasta los últimos días ahí. Y así lo hicieron, pues un día de otoño ocurrió la tragedia que tanto comentan en los historias: Hubo un gran movimiento de la tierra, seguido de un desborde de los ríos, y la aparición impetuosa de las aguas que, bajo la tierra, eran custodiadas por la serpiente Kai Kai Vilú. Todos los hombres, las mujeres, niños, ancianos, y todos los animales que habían sido domesticados por ellos, murieron en ese terremoto lleno de agua, y se hundieron junto a sus hogares. Valdivia olvidó su torrente, olvidó los ríos subterráneos que corrían por sus entrañas. Olvidó. Olvidó tanto y por tanto tiempo, que no vio el agua venir.

Con el pasar de los años, la tragedia comenzó a ponerse en duda y a transformarse en lo que ellos mismos llamaban un mito, en una narración fantástica, una historia de tiempos inmemoriales que tuvo lugar en otro tiempo, en un tiempo que no es el humano sino el sagrado, un tiempo al que nadie tendría acceso de contemplar ni experimentar. Nosotros sabemos que no es así.

Año tras año sigue lloviendo sobre Ainilebu, como si el agua nunca cesara y el río estuviese esperándola. Cada gota penetra en los ríos con una fuerza inconmensurable, como si quisiera visitar a las casas de la antigua ciudad. Dicen que cada alma que ahí vivió se convirtió en lluvia, y para recuperar la vida y ser parte de los ríos, caen decididas sobre ellos y se unen al cauce. Aún si poseer rostro, algunas sombras se reconocen entre sí, se abrazan, sonríen y continúan su viaje. Algunas logran tocar sus recuerdos, sus amores, aromas, melodías, sus voces.


Nosotros sabemos que jamás dejará de llover, que este no es un territorio llano, sino un gran espacio azul en su camino, una tierra de ríos. Y cada vez que el cielo rompe en agua, echamos una mirada hacia arriba para saludar y dar la bienvenida a las almas que, con el furor del aguacero, se avecinan al encuentro con su memoria. 



* Ainilebu y la Lluvia fue premiado en el concurso nacional de cuentos "Cuéntate Algo" de Biblioteca Viva 2013.

diciembre 20, 2013

El Idioma en el que nos suceden las cosas

He despertado con una palabra que no me pertenece, una desconocida dando vueltas por mi casa, un azar que, entre todos los posibles, decidió posarse sobre mi cabeza esta noche.

No había conocido una amalgama de letras similar. Tan extraña me parecía que no veía en su existencia una utilidad posible. Y sin embargo, pienso a veces que el idioma con el que nos han criado no es siempre el que potencia nuestra expresión, y sólo lo usamos día a día por costumbre, para hacernos entender, para formar parte del grupo. 

¿Cómo sería si cada uno tuviese su propio idioma? ¿Qué sería de la cultura? ¿Será que debemos escribir en otra lengua, como anunció alguna vez Huidobro, que no sea la materna?

¿Pero cuál es nuestra lengua materna?




Hoy desperté enamorada de esta canción. Estas palabras no viven cerca de mi casa, no son mis vecinas ni amigas, pero me siento fuertemente atraída por ellas. 

Waren wir, waren wir nicht schon einmal hier?
Estuvimos, no estuvimos ya una vez aquí? 
Waren wir, waren wir nicht einmal hier in diesem Wunderland?
Estuvimos, no estuvimos ya una vez aquí en este mundo maravilloso
Gingen wir nicht einmal staunend hier entlang,
No anduvimos una vez aquí asombrados 
An uns selbst vorbei?
en nuestro propio pasado?

Und du siehst Räume verschlossen in gläsernen Tränen,
Y tú ves cerrados cuartos en lágrimas de cristal, 
Du spielst mit dem Schatten Deines Schreis.
Tú juegas con las sombras de tus gritos

Hölderlin - Waren Wir